Los Empalaos.

Los Empalaos

Valverde de la Vera en Jueves Santo.

No es un santo, ni un héroe, ni un anacoreta. No es un fantasma, ni un fanático, ni un facineroso. No busca el aplauso, porque pasa desconocido. No quiere un espectáculo, porque marcha solo. No es una fiesta, porque provoca lágrimas. Simplemente es un «empalao». Y el empalao, en Valverde, es cualquiera. No tiene nombre, ni rostro, ni vestido. Le llamaremos Pedro, pero eso no importa. A duras penas hemos podido recomponer esta historia, porque todo nos está vedado. Todo es anónimo. Tenía un amor encarnado en una mujer de su mismo pueblo. Soñaban. Se prometían. El hombre de campo, en La Vera, ama y sueña con un estilo diferente. El estilo de la verdad, el de la exigencia. Ella, María, como las mujeres de la tierra, era igual. Eran tan felices, tan jóvenes, que un día porque aparecieron unas nubes en sus vidas hicieron la promesa. En Valverde, la promesa ya se sabe cuál es : «empalarse».

Y eso es algo sagrado. Jamás se ha dejado de cumplir. Sólo la muerte impide su cumplimiento. Hay quien dice que algunos «empalamientos» de los hijos son deudas de los padres. Pero ellos, Pedro y María, se «desnoviaron» antes, mucho antes, de la noche del Jueves Santo. iSeguían caminos tan distintos…. Ya ni se dirigían la palabra y si alguna vez tenían que mirarse en las tortuosas calles del pueblo era más por odio que por otra cosa. El invierno era tan recio que el frío de la sierra de Gredos había agostado todos los recuerdos. ¡Bueno! Todos, menos uno, porque cuando llegó la Semana Santa tuvieron que encontrarse. La promesa, su promesa de dos, no podían romperla. Al no depender de ellos, sino del cielo, estaban obligados a cumplirla. Se había preparado todo, los días anteriores. Cada uno por su cuenta. Para evitar el encuentro en la casa de cualquiera de ellos, aceptaron la de un amigo común.

Es curioso que cualquier calle del pueblo es apta para convertirse en «calle de amargura». Ella había llevado a la «casa de pasión» los faroles, el aceite, la mecha, un velo para el rostro y un vestido que parecía negro o, por lo menos, oscuro. Zapatos, no. Quería salir descalza. Él había preparado lo suyo: un timón o palo de labranza, una soga de esparto, unas espadas o sables, las vilortas o cadenas gruesas de hierro necesarias para el arado. Látigos de azotar, enaguas de mujer, velos y trapos blancos… Todo estudiado, preparado como un ajuar de novios. No porque ellos se sintieran urgidos por el noviazgo roto. No. Es que siempre se hace así : con la emoción de ser un acontecimiento único en la vida de las personas. El Jueves Santo, al terminar los oficios de la iglesia, Pedro marchó a casa. No podía comer nada. Se sentía embargado por emociones raras. La víspera de empalarse es muy dura: de angustia, como la de «Los Olivos». Muchos querrían que no llegase ese momento.

Pero un convencimiento profundo, una especial gracia, desde lo alto, te exige, te arrastra irremediablemente al sacrifio. Transforma sobrenaturalmente al campesino, al obrero, al hombre de letras, en estampas vivientes de la «Pasión del Señor». Dios, desde la noche, convoca al penitente para entrar en la «casa de pasión» que ha elegido. Y desde ahora todo lo que suceda es inaudito, sobrecogedor. Algo único en el mundo. Pedro, casi desnudo, «se azota las espaldas con cuerdas llenas de nudos, humedecidas con sal y vinagre e impregnadas con vidrios molidos, con lo que se quedan las partes del cuerpo dichas, hechas todas una llaga». Y en ese preciso momento de sangre y de dolor «se cubre su cuerpo con unas enaguas blancas de mujer» que, en seguida, se llenan de sangre roja. Sangre que recibe la trágica venda de una soga de mordiente esparto que da vueltas alrededor del cuerpo cubriendo pecho y espaldas con diez vueltas de cruel dolor.

Después, la misma cuerda sujeta los brazos alrededor del timón o palo del arado. Los cuerpos quedan entonces «empalaos». Nosotros diríamos casi «divinos», acordándonos de Cristo. Sólo los más íntimos pueden presenciarlo. La colocación requiere una especial maestría. Si queda muy floja la cuerda, su roce convertiría al cuerpo en una llaga por el movimiento de los músculos. Si no hay una holgura mínima, se podría conseguir la paralización de la sangre y la muerte llegaría segura. Son momentos estremecedores, como los de una operación de quirófano, como preparación para un patíbulo voluntario, pero un patíbulo. Los suspiros entrecortados de los seres queridos ponen el patetismo que da sonoridad a la escena. Y para que la sensación sea más lacerante, se colocan a los extremos de los brazos y del timón las cadenas de hierro o vilortas. Al chocar entre sí producen un sonido cavernoso que aporta a la escena sensaciones de repique de difuntos.

Y cuando parece que todo está consumado, hace falta la proyección hacia el cielo, hacia Dios. Para ello, entre el palo del arado y las estrellas ensangrentadas se colo can dos espadas de aguzado filo que proyectándose hacia arriba reverberan la blanca luz que reciben de las propias estrellas. Y ya en la calle, al final, dejado caer el velo blanco sobre la cara dolorida, todo está en orden para comenzar el «Viacrucis». El anonimato de la penitencia es impresionante. A casi nadie le importa descubrir los nombres de la persona ni las razones porque lo hace. Cuando caminan, la marcha es parsimoniosa, de estudiado equilibrio. Pocas cosas hay en la tierra que recuerden el paso de Jesús por la empinada Vía Dolorosa como un empalao de Valverde. El cuchicheo inevitable de los curiosos queda roto cuando se oye la voz de alerta: «¡Que viene el empalao!». Todos, más que ante un paso de Semana Santa, se callan, rezan y levantan los ojos a Dios, porque contemplan con sus ojos vivos el caminar milenario de Cristo. Muchos son los que dicen:

«así caminaba ÉL». ¿Y ella? El protagonismo siempre es de él, del «empalao». María todavía no existe. Dos que parecen mujeres acompañan al penitente. Tienen la obligación de seguirlo por el recorrido. Rezan por él para que no caiga, para que no sufra, para que siga adelante. Hoy, aun cuando ninguno de los dos quiera, sin que nadie lo conozca, hay un drama entre dos corazones. Un drama de amor dentro de la «Pasión de Cristo». Cuando tropieza, él se estremece, pero ella es la que tiembla. Tiende sus manos para detenerlo, para sujetarlo. Debajo de su vestido negro y a la luz de su farol se va encendiendo otra luz menos amarga, que crece por momentos. Son dos los penitentes que acompañan al empalao con sendos faroles. Pero uno, un farol, ilumina más. Ilumina la calle y más dentro aún el alma, el corazón. Nadie lo sabe, pero en aquel momento se libran dos batallas, la de Dios y la del amor.

Ese amor limpio, puro, inocente, en el que pueden coincidir muy pocos privilegiados. Cuando terminó el camino, en el silencio de la casa oímos una voz tenue de moribundo : – «María, ¿por qué me has abandonado?»

Comparte esta entrada:

Volver arriba